Publicación de la Red Nacional de Mujeres

Excombatientes de la Insurgencia

Revista La13 presenta la historia de dos mujeres y un hombre que fueron desaparecidos entre las décadas del 70 y del 80, con el objetivo de que la juventud y el público en general conozcan episodios dolorosos del país que nos ayudan a entender el conflicto que hemos vivido como país. Las familias que se reunieron durante la conmemoración de la Semana Mundial del Detenido Desaparecido nos convocan a participar en torno a la denuncia con nuestra solidaridad y memoria, para que no se repitan más estas historias de dolor y logremos dar los pasos necesarios hacia la paz.

#Sembramospaz

 

Foto: www.flickr.com

 

 

Omaira Montoya, una vida que palpita gracias a la memoria

 

 

                                      Foto: Paro Cívico Nacional, Septiembre de 1977 (Foto archivo Movice)

 

Por: María Tila Uribe

 

 

Hay imágenes de la historia del tiempo que vivimos que tocan a generaciones enteras, como el nombre y el rostro de Omaira Montoya, una mujer desaparecida después de participar en el Paro Cívico del 77 que fue nombrada una y otra vez en nuestras marchas. Omaira se volvió emblema de la persistencia con que se busca a las personas desaparecidas; se volvió emblema del amor, de las causas justas. Ahora la volvemos a nombrar, para que la memoria la mantenga viva. Esta es la historia de Omaira.

 

Soy dueña de estos recuerdos y estas vivencias, que más parecen destellos entre las sombras del tiempo por lo cortos, interrumpidos y profundos. Se iniciaron una tarde cualquiera de marzo del año 76, cuando llegué a Medellín para iniciar un proyecto alfabetizador en compañía de las Hermanas Lauritas, y terminaron el 14 de septiembre de 1977, justo el día en que la radio solo hablaba de muertes y detenciones masivas en todo el país como consecuencia del Paro Cívico Nacional, esa jornada gigante de protesta popular: “…Suben a 37 los muertos en Bogotá… Ya hay más de mil sindicalistas presos… Órdenes de captura contra los subversivos… ¡La democracia no se puede mancillar!...

 

Es decir, que conocí a Omaira en el último tiempo de su vida, suficiente porque su manera de ser y actuar, sus palabras o sus silencios, sus gestos y su humor hacían reflexionar y producían emociones, como esa tarde de marzo en que la conocí: ella salió a recibirme con los brazos  por las estaba haciendo, algo que años más tarde relaté en uno de mis libros , más o menos así:

 

“….Llevaba 10 horas en una labor agotadora: desempacar diferentes medicamentos de sus estuches difíciles de abrir y volver a empacarlos sencilla, ordenadamente y con exceso de cuidado en envases de plástico herméticamente cerrados. Me explicó que las gentes de un barrio popular eran los destinatarios, que había que pensar en que ellos no estaban acostumbrados a empaques tan difíciles. Incluía además su uso adecuado escrito en letra clara y todas las recomendaciones necesarias”.

 

Como en el verso de Bertolt Brecht, ella era indispensable

 

Después fui con ella a ese barrio, los vecinos la conocían porque era a ella a quien acudían cuando tenían un enfermo, para que les consiguiera alguna medicina o la posibilidad de una cama en el hospital San Vicente de Paul, donde trabajaba. No imaginas –me decía- lo que es ver morir a alguien por física pobreza, a las puertas de un hospital. Pero yo sí imaginaba qué sentía ella: se radicalizaba al ver la miseria de la gente, y sus atributos le permitían enfrentarse a la injusticia: inconformismo, indignación frente a los atropellos, fuerza para luchar. Era su causa.

 

Tenía 35 años, era bacterióloga, pero ante todo era una maestra, una maestra de vida dotada de conocimientos y capacidades: se preocupaba por la situación de sus compañeros –activistas como ella- y articulaba la historia personal con la historia social que todos tenemos, para entender comportamientos y actitudes. Ellos… y ellas, que sabían de la afección de su corazón, la cuidaban, y ante su entusiasmo decían: mírenla, es como ver a un ser desbordando  juventud pero con la experiencia y la paciencia de un viejo”.

 

Se había hecho cargo de dos niños huérfanos del conflicto armado que no conocían escuela y que iban a ingresar a uno de los grupos de la alfabetización; Omayra ya los había adelantado: les enseñaba a pensar leyéndoles el libro “Un paseo por la casa”, explicándoles cómo se había forjado una campanita que tenían de juguete, cómo se talaba la madera con la que se hacía puertas, ventanas y trompos o cómo, quienes hacían y de qué manera se elaboraban los ladrillos para construir las casas. Luego los llevaba a buscar en la naturaleza y de esa manera todo se convertía para ellos en una fascinación.

 

No era un dechado de tolerancia: Omaira odiaba este capitalismo depredador, detestaba los lujos ostentosos de la Iglesia, los discursos fariseos de los políticos dueños y señores en el poder, la usura de los bancos; no aceptaba las abismales desigualdades y menos aún que se atropellara la dignidad humana: De ahí su categórico rechazo a los métodos inhumanos y degradantes que conocimos en el siglo XX, situaciones históricas que ella vivió y no dudó en enfrentar y que fueron las siguientes:

 

Problemático y febril como en el tango

 

Porque el siglo XX que Omaira conoció, al que hacía referencia cantando “Cambalache”, en el que transcurrió su vida y la de su generación, estuvo en Estado de Sitio durante 45 años, hasta 1991. Estado de Sitio equivale a Estado de Guerra y lo decretaban hasta por 90 días, lapso en el cual debían levantarlo por uno, dos o varios días o hasta semanas, para volver a decretarlo con una progresiva militarización que tenía la facultad de juzgar civiles en Cortes Marciales o Consejos de Guerra.

 

Omaira también conoció el famoso Estatuto de Seguridad, implantado en el siguiente mandato del Señor Turbay Ayala, para contrarrestar a los insurgentes. Y decía con cierta gracia y la mirada pícara que a veces le asomaba, que tal medida podría “arroparla a ella y a medio pueblo más”, puesto que desde antes y como preámbulo de esa imposición, empezaron las prohibiciones y amenazas a todo lo que fuera reclamos, posibilidad de huelgas, maneras  diferentes de pensar, expresiones culturales y en particular a los trabajos educativos de tipo popular. Fue entonces cuando se configuró el delito de “Pánico”: cinco años de prisión para quienes pusieran letreros, escribieran textos considerados subversivos, dibujaran en paredes o sitios públicos u obstaculizaran vías o actividades sociales. ¡Gran impulso para que más civiles fueran juzgados por militares!

 

Por contraste y a su vez, aquellos años estuvieron marcados por el compromiso de muchos sectores populares, intelectuales, sindicales, culturales y estudiantiles, que en medio de una resistencia cotidiana por sobrevivir, reflexionaban sobre la posibilidad de cómo cambiar el país por otro distinto y mejor; a esa voluntad se sumaban también religiosos y religiosas guiadas por grandes sentimientos de amor y de justicia social. Omaira estaba ahí, impulsando actividades generadoras de cambio, en una época en que se sentía el avance que se operaba en la mentalidad de las mujeres por el auge de su afluencia al estudio, a las universidades, a los espacios sindicales, culturales, del trabajo y al mundo de la rebelión. Ella fue la suma de todos esos mundos.

 

Finalmente, un día sábado llegué al parque a cumplirle una cita. Estaba con los dos niños huérfanos y su pequeño perrito, tan diminuto que estando dormido lo confundían con un perro de felpa. Hablamos de nuestros temas: la cartilla alfabetizadora que yo traería a Bogotá, lista para editar; el trabajo callado y efectivo de la Madre superiora y las Hermanas Lauritas, los sinsabores y las satisfacciones que la vida nos da…y luego, en medio de un centenar de palomas blancas, nos silenciamos. Las despedidas son tristes cuando han existido lazos de afecto y comprensión y momentos compartidos de risas y de música. En la esquina volví la cabeza y vi sus manos blancas despidiéndose… Sin embargo, no quise pensar que fuera la última vez.

 

El 14 de septiembre de 1977, yo no sabía que Omaira estaba en Barranquilla colaborando en las tareas del Paro Cívico Nacional, anunciado y extendido por el país entero. Era angustioso escuchar la radio repitiendo tragedias desde la madrugada. Dijeron su nombre como una de las detenidas en esa ciudad, al lado de otras noticias: “… han muerto varias personas…”, “Dicen que hay más de 500 manifestantes heridos a bala por la fuerza pública”. “En Bogotá, 3.000 manifestantes están detenidos en el estadio El Campín y en la Plaza de Toros”. “Se sabe que en las demás ciudades del país hay detenciones”…

 

Los días siguientes al 15 de septiembre era ya una noticia nacional: “En Barranquilla una detenida está desaparecida, obedece al nombre de Omaira Montoya Henao”,

 

Epílogo

 

Han pasado 41 años y el caso Omaira continúa en la impunidad, aunque son de público conocimiento las circunstancias, el lugar de su detención, la entidad militar a donde fue llevada, fechas, horas, testigos, inclusive nombres y otras variadas evidencias. Sin embargo, la esperanza de que salgan a la luz tantas verdades no se puede perder, estamos en Colombia ante un panorama en el que, quien sea el presidente próximo deberá aportar a la democracia el reconocimiento de errores y crímenes que nunca han debido suceder, precisamente para que no se repitan.

 

De mi parte, deseo que ésta memoria contribuya para llegar hasta las causas y los responsables que determinaron su desaparición, que sea un ejercicio al derecho de la verdad histórica y aclare quién fue Omaira y qué aportó como colombiana, como científica, educadora, y como mujer revolucionaria de su época. Porque si algo hay que reconocerle a esta mujer nueva del Siglo XX, es que hizo florecer el compromiso de las mujeres que la conocieron y estuvieron con ella y con sus luchas.

 

Luis Fernando Lalinde Lalinde

 

 

Por: Rosalba Moreno

 

Uno de los resultados de la implementación de los acuerdos firmados entre el Gobierno y las Farc es que hemos visto a la gente de la ex guerrilla pidiendo perdón a víctimas de Bojayá, El Nogal o a las familias de los concejales del Valle. Y de parte del Ejército Nacional, vimos a un capitán pidiendo perdón a la señora Fabiola Lalinde, un nombre asociado con la persistencia por la justicia en torno a la memoria de su hijo con su sonada Operación Cirirí, o sea la cantaleta hasta encontrarlo.

 

Fueron necesarios 4.428 días para que la familia de Luis Fernando Lalinde Lalinde lograra colocar sobre una lápida su nombre. Gran logro tras años en los que cárcel, persecución y exilio fueron el castigo a la osada búsqueda emprendida por su madre, doña Fabiola Lalinde y sus hermanos. Desaparecido el 2 de octubre de 1984, la urna que contiene sus restos fue elaborada por Adriana, su hermana, quién en barro y bronce esculpió su dolor y volcó todo su amor.

 

Una de sus más conocidas esculturas se llama Solidaridad. Solidaridad que recibieron y que ha sido y sigue siendo generosamente compartida por ellas de muy diversas formas. Solidaridad gracias a la cual las comunidades de Autodeterminación, Vida y Dignidad del Cacarica, en el Chocó y la Comunidad de Vida y Trabajo “La Balsita”, de Dabeiba, Antioquia, por solo nombrar dos, compartieron con ella dolores y alegrías en épocas de desplazamiento, amenazas, muerte, entre barro amasado en memoria transformado y colores pintando de esperanza los dolores.

 

Junto a las familias de las víctimas de la masacre de Trujillo, Adriana retomó, en los 90, su ser escultora y con ellas y ellos trabajó las primeras bóvedas en el Parque Monumento, (http://www.revistala13.com/publicacion-n11/reparacion-simbolica.html) donde se alojan los restos de las víctimas que se han ido encontrando. Ni soledad, ni hostigamientos, ni amenazas pudieron vencer su compromiso solidario, su profunda convicción de que solo desaparece aquel tras cuyos sueños no hay pasos que caminen.

 

                               Foto: Solidaridad Escultora: Adriana Lalinde Lalinde. cerosetenta.uniandes.edu.co

 

 

Enlaces de interés:

 

Ejército pide perdón a Fabiola Lalinde, madre de Luis Fernando Lalinde Lalinde

https://www.elespectador.com/noticias/judicial/ejercito-pide-perdon-fabiola-lalinde-desaparicion-de-su-articulo-660065

 

Fabiola Lalinde investigó tanto sobre desaparición forzada, que su trabajo está protegido por la UNESCO.

http://www.centrodememoriahistorica.gov.co/de/noticias/noticias-cmh/unesco-declara-patrimonio-del-mundo-archivo-de-fabiola-lalinde

 

La “Operación Sirirí” de Fabiola Lalinde

https://noticias.caracoltv.com/amor-de-madre-y-su-%E2%80%98sirir%C3%AD%E2%80%99-m%C3%A1s-poderosos-que-2217-historia

http://hacemosmemoria.org/2017/12/05/el-documental-que-narra-la-historia-de-fabiola-lalinde-y-su-operacion-ciriri/

 

El camino de la escultora Adriana lalinde

http://www.eltiempo.com/archivo/documento/MAM-1367369

 

Luis Fernando Lalinde Lalinde

http://www.movimientodevictimas.org/~nuncamas/index.php?option=com_content&view=article&id=97:luis-fernando-lalinde-lalinde&catid=5&Itemid=678

 

 

Nydia Erika Bautista

 

 

                                                   Foto: www.sinolvido.justiciaypazcolombia.com

 

Por: Rosalba Moreno

 

 

Reclamar la verdad cuando se trata de la vida y la integridad de una guerrillera no es cosa fácil, porque pareciera que se instauró el miedo al culpabilizar a la víctima: “¿era guerrillera, qué quería?” Pero la familia de Nydia Érika venció las adversidades y no solamente nos dejan una historia con rostro sino una sentencia de condena al Estado por haber desaparecido a la joven militante del Movimiento 19 de Abril.

 

Van ya treinta y tres años desde aquel 30 de agosto de 1987, día en el que, por órdenes del  General Álvaro Hernán Velandia, hombres de civil desaparecieron a Nydia Erika Bautista, militante del M19.  Doce años tenía Erick la última vez que vio a su madre. Era su único hijo. Tres años después sus restos fueron encontrados, gracias a declaraciones entregadas por uno de los participantes en el crimen. Mientras el hoy ex general y sus cómplices, han disfrutado la impunidad a lo largo de estos años, la familia Bautista ha sido sometida a persecuciones y amenazas y parte de ella, incluido Erick, obligados al exilio en varias oportunidades.

 

Erick, dos de cuyos poemas compartimos, ha encontrado en la poesía una forma de mantener viva la memoria de Nydia Erika y hacer oír su voz protestando valiente en contra de las injusticias y atropellos del poder y no solo vislumbrando futuros como el que ella soñaba sino trabajando, junto a comunidades, por ayudar a concretarlos.

 

 

 

Foto: Erick con la Comunidad de Vida y Trabajo, en Dabeiba, Antioquia, una de las muchas con las que ha compartido y comparte dolor construyendo esperanzas, es decir, manteniendo viva a Nydia Erika. MOVICE

 

 

Retos

 

Tres años buscándola con vida y encontramos sus restos silenciosos,

tres décadas exigiendo justicia y encontramos impunidades y olvidos

trescientas veces pronunciando su nombre de mujer libre y encontramos su legado en la lucha.

dos ojos que se apagaron como miles otros

dos voces aún replican como eco en las tardes del exilio

doscientas sombras en la noche y no hay luz para ellas en las fronteras del derecho.

una vez les llevaron

una vez las borraron

una campana aún recuerda que les seguiremos buscando hasta encontrarlas.

 

Ninguna voz será olvidada para siempre

ninguna mirada será ignorada en la injusticia

ninguna mañana mientras viva dejaré de mencionar sus nombres.

 

Chico Bauti

 

 

Muchas Veces

 

En esta mañana soleada y gris,

en el día de hoy,

quiso la vida volver a reunirnos,

quiere la vida que nos reencontremos

y celebremos nuevamente el rito

de despedir a nuestros muertos.

Después de querer hacernos creer que hemos perdido,

o provocar en nosotros dudas y temores,

aquí estamos de nuevo,

recordando abrazos amarrados a nuestro ser.

Varias veces me preguntaron,

¿qué sucedió con ella?

con mi madre,

con Nydia Erika Bautista,

con La Negra,

con mi Yiya,

y tantas otras imaginé lo que pudo ser el final

de una mujer

que quedó extendida en el borde de un camino

con la mirada apagada por un cañonazo.

En el borde de un precipicio

que pudo borrar toda su vida y parte de las nuestras,

fueron halladas las prendas

y un cuerpo que no respiraba más.

Así pudo concluir su cuento

o así empezaba uno no menos triste;

ya saben,

el cuento de los dinosaurios que desaparecen,

de hombres y mujeres que no regresan,

de niños que preguntan por el paradero de sus madres...

de hermanas que no concilian más el sueño,

o de abuelas y de abuelos

que guarecidos de otras miradas

se reprochan el dolor sentido.

Solo que en esos cuentos olvidaron mencionar

que aconteció primero que el dolor y la muerte,

la angustia y tanta, tanta desesperación.

Yo vengo a ofrecer mi corazón.

El mismo que se desgarró

al sentir que la había perdido para siempre,

un corazón de elefante,

que no asistió a la reunión impuesta por el olvido

y prefirió marcharse al exilio.

El mismo corazón que desde el desierto les extrañó,

porque qué hubiera sido de él sin sus recuerdos

y sus vivencias,

sin las herencias perecederas y mortales

de nuestra existencia,

sin la herencia de mi madre

que me enseñó a amar esta tierra y a su gente,

a mirarles a los ojos para decirles que ella

desde el lugar donde se encuentra

también les recuerda.

Y aquí estamos, no desesperados, ni tristes,

porque como dijo un hombre con la voz de quienes

creen:

“en la muerte de otro que nos enseñó

a labrar el camino que hoy podemos ver ...

“se equivocaron carajo, se equivocaron,

la vida también nace de la muerte”.

Como nacimos nosotros,

como vivimos,

los hijos de esta tierra,

los eternos amantes de la vida.

Mucho hemos aprendido,

y también desaprendido,

quizás y también,

me gustaría decir que esta

es otra lección de AMOR,

que antecede y precede cualquier dolor.

Este es pues mi acto de comunión,

donde quise que ella estuviera presente,

y esta confesión

donde la verdad se hace luz en medio de grises nubes

tiene la intención de recordarles

que ustedes son una parte

muy importante en nuestras vidas,

y que no hubiésemos llegado a ningún encuentro

o reencuentro en sus brazos solidarios,

sin sus ideas y preocupaciones.

Es una forma de darle las gracias

como replicó Mercedes,

darle gracias a la vida

por permitirnos hacer parte de la suya

como le hubiese gustado a ella,

una vida nuestra.

Bajo tormentos que no parecen acabar,

la vida también refuerza su belleza.

Un beso de parte de mis padres

que Dios quiera sean parte del aire.

 

Chico Bauti

 

 

Enlaces de interés:

 

http://sinolvido.justiciaypazcolombia.com/2012/08/nydia-erika-bautista.html

 

Una fundación que trabaja por los Derechos Humanos lleva su nombre

http://www.nydia-erika-bautista.org/

 

Condena a la Nación por desaparición de Nydia Érika Bautista

https://www.elespectador.com/noticias/judicial/condenan-la-nacion-por-detencion-de-tres-militares-en-el-caso-de-nydia-erika-bautista-articulo-704621

 

https://www.elheraldo.co/colombia/condena-la-nacion-por-detencion-de-tres-militares-en-el-caso-de-nydia-erika-bautista-384575

 

 

Foto: Con barro sobre el cemento amasar juntos el dolor, hilvanando recuerdos que a caminar ayuden. Parque Monumento, Trujillo. (Foto AFAVIT)

Foto: Archivo Familiar

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