Publicación de la Red Nacional de Mujeres

Excombatientes de la Insurgencia

Nos llegó este relato que publicamos con alegría, porque nos da gusto que las ventanas y puertas abiertas de nuestra revista La13 reciban el trabajo que hacen mujeres de diversas edades, procedencias y pensamientos. Las pedagogías para la paz tienen que ver con la posibilidad de expresarse, sea cual sea el medio y la técnica, para tener un espacio participativo en la sociedad. Si cada persona encuentra su mejor manera de expresarse, la transmite y la registra, estaremos conformando piezas que al juntarse crearán miradas de país, de nación, de comunidad, de género. Que vengan más piezas para el rompecabezas, esto se puede poner bueno.  #SembramosPaz

 

Por: Mercy Becerra Monterrosa

 

 

                  Foto: Fragmento. Curiosidad', ca. 1660–62, Gerard ter Borch el joven. Tomada de Revista Arcadia.

 

 

Pasaron muchos años para que Mercedes Duarte llegara de regreso  a la provincia donde vivió sus primeros años de vida; allí las casa son las mismas desde que empezó el  siglo pasado. Construidas con techo de palma amarga, paredes de guadua, repelladas de boñiga de vaca y pintadas con cal.

 

Miró a su alrededor y vio que todo seguía igual a lo grabado en su memoria. En el ambiente, se confundía fácil, la monotonía con la melancolía. Por las calles polvorientas avenadas con árboles de abeto y matarratón, caminaban los niños descamisados. Las puertas siempre abiertas dejaban ver la desnudez de sus vidas. Los viejos no perdían la costumbre de sentarse recostando el taburete contra el alfeizar de la ventana; igual de próspero seguía el almacén de los turcos donde vendían las yardas de tela a medio luto y con las cuales se vestían las mujeres durante sus lutos seculares.

 

Mercedes se paró lentamente, cogió su pequeña maleta y atravesó el centro del poblado. Sus pasos no eran inadvertidos, se sentía observada por miradas ociosas. Los postigos de las ventanas se abrían y los murmullos se oían a medida que avanzaba. Se detuvo una vez más, como cuando tenía siete años, frente al negocio de María Zapa; seguía allí la vieja vitrina que exhibía las grandes muñecas de pasta, allí le había comprado una, su madre, tras un arrebato de sarampión.

 

Continuaba en el mismo sitio y después del incendio el único granero de la plaza de mercado, que fundó su madre en donde estuvo por mucho tiempo comprando y vendiendo a los campesinos las cosechas de sorgo, millo y ajonjolí.

 

Después de haber recorrido  los recovecos de esta calle que despertaba en ella un mundo de recuerdos, se dirigió lerdamente hacia la “loma del míster”. Le decían así porque justo subiendo la calle quedaba la casa de míster William, un extranjero negro que llegó a la provincia con su hijo después de enviudar. Era jamaiquino y vivía de vender cigarrillos con filtro, güisqui y  ron blanco. Pasó despacio por el frente de la casa de madera, pintada de verde viejo, de las cuatro puertas frontales; solo una de ellas estaba abierta; se alcanzaba a  ver una carcomida estantería de madera y al fondo una mujer bastante gruesa de sucio delantal.

 

Mercedes quiso asomarse sin ser advertida, sentía curiosidad, cuando escuchó decir a la mujer: ¿A ver doña qué necesita?

 

- ¿Hay cigarrillos? Respondió Mercedes.

Dígale que se acabaron pero hay calillas, gritó desde adentro el míster.

¡Está vivo!  Pensó Mercedes. Luego miró hacia el fondo del pasillo y allí estaba sentado en una vieja mecedora con aspecto famélico, mirada fija con gafas verdes oscuras como sempiterno.

¿Cuántas calillas quiere? replicó la mujer- deme tres

-¿Tres calillas y con este billete? ¿No tiene menudo?

-Cámbielo donde los Urzolas- dijo el míster.

 

Bueno, doña, dijo, espéreme aquí, él está ciego pero habla solo todo el tiempo.

 

Mercedes subió el tablón que separa el mostrador del comprador, y acercándose a él le dijo William Ennis, él se sacudió y buscó la voz, acércate dijo el míster, le tomó la mano mientras decía, tú eres mi vecina pero mi vecina chiquita, ¿te siguen acaso mordiendo los perros? ¿Cuáles perros? Dijo Mercedes. De niña correteabas los perros y te mordieron más de tres. Aunque tu madre a todos los mató incluyendo al perro del inspector, y es que ella era  más brava que todos los perros de esta población.

 

El míster seguía hablando con acento particular, solo había ganado algunos regionalismos.

 

Ahora sí cuéntame, por qué esa de tu madre fue a morirse tan lejos de su tierra si mereció morirse aquí. Qué pendejada tan grande la de los hijos. Uno debe morirse en su tierra, yo por eso no me muevo de esta silla, tampoco visito a mi hijo Jorge, vaya y me muera por allá en esa palomera donde vive, y me trituren los huesos, como a un pollo ¡no joda!

 

-Ay míster, es que yo estuve esperanzada en el tratamiento,- ¿cuál esperanza?

- La esperanza muchacha es como pétalos cubriendo las espinas.

- Las espinas siguen siendo espinas, pero la flor desojada,.. ¿Acaso sigue siendo flor?

-Aquí está su devuelta doña, interrumpió la mujer

-Denle café a esta ojiazul. Dijo el míster

Ajá, ¿y cómo sabe que tiene los ojos azules?

 -Este ciego no parece ciego sino adivino.

-Es que cuando tú ibas yo venía, pedazo de india. Replicó el míster

-Mercedes se paró de la banca de madera y se despidió y diciendo que iba lejos.-

¿Vas para Aguas Claras? Sí míster,- no es tan lejos, son dos leguas escasas; pero apúrate que va a llover.

Llover, con este solazo, dijo la india.

 

 

                Foto: Fragmento. Curiosidad', ca. 1660–62, Gerard ter Borch el joven. Tomada de Revista Arcadia.

 

 

Le dio un abrazo al míster,  cogió su maleta, salió de la tienda y justo allí estaba la casa de los Urzolas, con quicios altos de cemento, pintada de azul cielo. Se paró por un instante en la puerta principal y vio que seguía allí el televisor con patas largas por el cual su madre pagó 10 centavos por cabeza para poder ver un 20 de julio cómo el hombre  llegaba a la luna, pero la madre no terminó de ver tal acontecimiento, ella tampoco, porque según su madre, había un tipo con grajo, y con ese sobaco “podían irse todos los gringos para la luna pero ese olorcito no se lo aguantaba nadie”. Ella se rió de su recuerdo.

 

Cruzó de nuevo la calle pero ahora a cada paso sentía temor de encontrar la casa de guadua, donde sin padres se habían criado los cuatro hermanos. Esa casa  de portón de roble adornada con un jardín de amapolas y margaritas donde permanecía horas jugando con las mariposas de colores que se confundían con la policromía de las flores. Pero allí de frente estaba lo que quedaba de su génesis, la maleza solo permitía ver un pedazo del techo de palma. ¡Dios mío es un pajonal! Cruzó el desajustado portón, se internó en la maleza y se situó en el sitio donde antes estuviera su jardín preferido; había crecido allí un guayacán ahora florecido del que le caían flores amarillas como rocío primaveral. Lo abrazó como abrazaría a los ausentes hermanos. Puso la maleta en el suelo para que le sirviera de almohada y se acostó debajo del árbol que por horas fue su santuario.

 

Con su brazo cubriendo sus ojos del sol, se sumergió en una especie de ensoñación, vino a su memoria, cómo de madrugada y con partera, nació su hermano Ricardo, tan alegre como ingenuo; le gustaba el ron y el acordeón y por esa razón su madre, para evitar que fuera un cantante borracho, muy temprano lo ingresó a las filas militares. Pensó en lo injusto de la guerra y en cómo ésta, cada día, alimentaba la iniquidad entre los más débiles. Ahora, desde una situación inhumana escribía cartas sin destinatario por el error de los putos gobernantes que desconocen los elementos básicos con que está hecha la misma realidad, tan dura como la  nostalgia que ahora lo invadía.

 

Se paró del tapete de flores de guayacán para continuar por la carretera que la condujera a la casa del tío Fernán, el único vivo de los diez hermanos de su madre,  y el padre de nueve hijos.

 

Cruzó la carretera no sin antes mirar la cumbre del barranco donde estuvo siempre la casa  de Malfisa, ella era la dueña del currimbe; su casa era una casa diferente a todas las del pueblo, con techos altos de palma pero sus paredes estuvieron siempre pintadas de rojo con rosado. La jarana que se escuchaba de la caja, la guacharaca y el acordeón, rompía la monotonía que caracterizaba al pueblo. De allí pensó, salían siempre los hombres borrachos  y contentos.

 

Malfisa era una mujer pintoresca y también diferente al resto de las mujeres del pueblo.

 

Era morena, alta, de contextura gruesa, su peinado era imponente, terminaba con un moño en forma de tomate en el centro de la cabeza, se hacía una peca postiza de color negro al lado izquierdo del mentón. Las otras mujeres decían que se raspaba sus cejas naturales con cuchillas de afeitar de los hombres; luego ella misma y a su antojo se delineaba las propias; también decían que ella misma elaboraba con achiote los polvos que se untaba en las mejillas. Sus uñas eran largas y pintadas de color rojo; rojo, como la sangre del toro. Sus vestidos eran siempre de vivos colores. Hasta para asistir a los entierros se vestía así.

 

Malfisa, la dueña del currimbe, tenía un defecto que todo el pueblo sabía; cuando salía de las casas, se detenía un rato detrás de las puertas, para escuchar y saber, quién hablaba mal de ella.

 

Había llegado al pueblo a los dieciséis años sin saber de dónde, eso le había traído problemas al cumplir los veintiuno.

 

- Sí,  sí señora, le decía el notario -Es que usted debe tener apellidos como todo el mundo, y necesito que me los diga para poder elaborarle la cédula de ciudadanía.

 -Bueno, si usted necesita que yo tenga apellido, entonces me llamo Malfisa, Malfisa.

-Está bien, dijo el notario entonces usted se apellida Malfisa?

-Sí señor, quiero que me llamen así, Malfisa, Malfisa. Así que su cédula también era diferente.

 

Mercedes tuvo la inmensa curiosidad de subir la loma que la condujera a la casa situada en la cima  del barranco. Pero se detuvo un poco a la  mitad del camino, vio la estampa, era  la silueta de un hombre  acostado en una hamaca guindada entre dos horcones de madera en forma de estaca. Hizo un esfuerzo por mirar bien y se asombró un poco al ver que ya no había paredes, ni mucho menos paredes pintadas de color rojo, ni rosadas, ni la jarana alegre del acordeón, solo se escuchaba la bulla de un radio mal sintonizado.

Bajó rápidamente entre los sembrados bien cuidados de caraota y guandul. Mercedes pensó que nunca en su vida había conocido una mujer igual.

 

Se quitó los  zapatos y sintió la hierba caliente. La tarde caía y con la misma fuerza  que calienta el sol, la lluvia llegó como anunciando su regreso.

 

Con el rostro mojado de lluvia y llanto. Vio al acercarse la casa de madera combada por los años y la acción alternada de la lluvia y el sol. Al lado del alambrado colgaba una tabla percudida y en ella borrosas letras podían leerse: “Aguas Claras”.

 

Entró con el ruido de portón de balso, cruzó la casa por la puerta principal y de no ser por la escuálida niña que atizaba el fogón, la creería deshabitada.

 

¿Está el señor Fernán Mendoza? – preguntó Mercedes

No, está en el aserradero- contestó la niña

¿Y la tía Margot?

Sí, pero está enferma-

¿Puedo pasar?-

 

Entró al oscuro cuarto donde había tres camas de lona, se acercó a la esquelética mujer  que con ávida mirada le dijo:

 

 - Casi no llegas muchacha.

Mercedes dejó la maleta en el suelo de tierra, se  acostó en la cama de al lado y se dispuso a escuchar a la enferma que llevaba más de un año con achaques de mujer.

-Tu tío presentía que vendrías y está limpiando los árboles, en esto llega.

Se sentía tan casada y protegida en ese sitio que cerró los ojos y durmió de corrido dos noches con tres días.  La despertaron los estrepitosos campanazos de la iglesia, anunciando que alguien había muerto. Abrió los ojos  y escuchó decir al tío,

- ¡Se murió el míster, carajo!

 

               Foto: Curiosidad', ca. 1660–62, Gerard ter Borch el joven. Tomada de Revista Arcadia.

 

 

Entre nosotras

 

La13: ¿Cómo quieres que te conozcan quienes te van a leer?

 

MBM: Yo soy Mercy Becerra Monterrosa, tengo 55 años, soy la mamá de  Alejandra María, Sara Sofía, Juan José Peña y la abuela de Alina; soy cordobesa de un pueblo que se llama Pueblo Nuevo;  a los pocos años nos fuimos a vivir a Planeta Rica, también en Córdoba: es cerca, como a diez minutos y de allí me fui a Cáceres, en Antioquia, a terminar mi secundaria en un colegio  de monjas; era realmente un internado y me echaron por un problema de disciplina y al final terminé  en Yarumal, también en Antioquia: de allá es la cédula y mi hija mayor, pues quedé en embarazo en el último año y, bueno, de ese pueblo también me echaron- adivino que sonríe y aclara: es el Pueblo de Monseñor Builes y de Epifanio Mejía, más conservadores que el azul.

 

Soy politóloga de la Universidad del Valle y mi vida la he invertido en defender la equidad de género desde los derechos es decir, la igualdad de oportunidades para todes, hace muchos años estudio filosofía en la Universidad Libre, especialmente filosofía política: no me gradúo porque no lo creo necesario. Es más, creo que estudiar tanto en este país resulta contraproducente. Mi experiencia profesional es y ha sido con derechos humanos y el último trabajo fue en la Secretaría Distrital de la Mujer, en la parte política… esa Secretaría, rememora y resume: un grupo de mujeres de base de todas las localidades de esta ciudad ayudamos a que fuera realidad ese espacio tan bonito, pero ahora es otra cosa, qué pesar.

 

La13: ¿Por qué escribes? ¿Tallereaste o algo?

 

Escribo porque  me nace, porque para mi vida resulta enteramente vital. Cuando nos criamos en esos vastos pueblos en los que no hay muchos juguetes, hay  mucha imaginación: ¿sabes?,  antes mirábamos más el cielo, a las cinco de la tarde siempre miraba para arriba y veía una gala de golondrinas, es eso…  Actualmente asisto a un taller de escrituras, es nuevo; por mucho tiempo asistí al taller de escritores Gabriel García Márquez y ahí querían publicarlo (el cuento), les pareció bueno, etcétera, pero no nos pusimos de acuerdo con el nombre, porque yo creo que los cuentos y los libros son como los hijos, uno siempre les quiere poner el nombre… Yo vivo en resistencia, además es momento de hacerlo.

 

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